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  • Blog de Guilford

    Gimnasio Campestre de Guilford, una opción real para la diferencia

    “La normalidad es una ilusión, lo que es normal para una araña es el caos para una mosca”.

    En los 20.000 metros cuadrados del Gimnasio Campestre Guilford, ubicado en la vereda Chorrillos de la vía Suba-Cota, se puede realmente ser. Desde 1996, un equipo interdisciplinario ha venido perfeccionando modelos educativos flexibles que, como en un verdadero laboratorio de paz, han logrado diluir los prejuicios de la diferencia.

    Entonces ocurre la alquimia y los diagnósticos desaparecen para darles paso a Camila, Tomás, Sara, Daniel, Jerónimo. El afecto, la comprensión, la tolerancia y la pasión de los docentes por sus estudiantes son las principales armas a la hora de eliminar lo que podría parecer irreconciliable, pero que, en realidad, enriquece ese espacio verde donde, además de flores, crecen posibilidades.

    Se trata de 327 niños, niñas y adolescentes con habilidades diversas que comparten el lugar de aprendizaje. Enseñanzas que van más allá de las matemáticas o el lenguaje y que implican desprenderse de la aprensión y la suspicacia que muchas veces despierta el que parece distinto.

    Al Guilford han llegado muchos estudiantes que han sido señalados en otros colegios. Señalados y a veces maltratados. Seres humanos que en algún momento se olvidaron de ser, porque les dijeron en esos otros espacios que no estaba bien ser como ellos, que no era normal.

    Pero allí, en esos 20.000 metros cuadrados y con la ayuda de los docentes, las terapeutas y las psicólogas sí que les recuerdan la importancia de ¡ser! Y es a partir de ahí que florecen los talentos y también las sonrisas.

    Myriam Lucy Fajardo, la rectora, lo describe de manera simple pero potente y determinante: “Un niño que es reconocido por sus talentos y fortalezas cambia sus procesos de aprendizaje (…) Acá ya no hablamos más de inclusión, sino de que todos los niños deben tener una oportunidad en la educación sin discriminación”, puntualiza la educadora.

    Una de esas oportunidades fue para Camila, una niña de 9 años que un día, en su anterior colegio, llegó a casa a preguntarle a su mamá si realmente no era buena para nada, porque eso era lo que le decían en el otro sitio. Su mamá, María Rasmussen, describe al Guilford como “el rayo de luz que iluminó el camino de la educación de Camila”.

    “Mi hija encontró el lugar donde respetaron su ritmo: aquí no hay presión por la velocidad de comprender determinados temas, aquí la motivan y le han mostrado que ella logra cada cosa que se propone”, cuenta María. “Aquí nadie nos dice que Camila debe tener una auxiliar permanente. Aquí, en el colegio que alumbra en su corazón, no hay maltrato. Sus compañeros la respetan y la incluyen en sus juegos. Nunca más Camila volvió a ser llamada ‘enfermita’; aquí juega, corre y se equivoca; aquí aprende en un colegio real, que llegué a pensar que solo estaba en la fantasía”.

    Pero la fantasía es real, y el respeto a los ritmos de cada estudiante también. Para Sara, de 18 años, por ejemplo, llegar al Guilford significó más amigos y buen trato. “En el otro colegio no me sentía bien”, dice.

    Sus maestros le han potencializado su talento en el arte y, entonces, Sara ya sueña con ser también profesora de niños de jardín y de kínder, para enseñarles a pintar. “En mi casa tengo un estudio de arte que mi papá me hizo, me gusta mucho la pintura. Me gusta crear y dibujar cosas y les quiero enseñar eso a otros niños porque yo ya soy tía, tengo dos sobrinos chiquitos y a ellos les enseño y eso me gusta mucho”. Confiesa que en su anterior colegio se sintió lastimada, pero ya no más “ya pasó eso”.

    Tomás tiene 16 años. También llegó de otro colegio y, mientras acaricia a Tabaco (uno de los caballos de la equinoterapia que se da en el lugar), contaba que le gusta el fútbol, el básquet y la natación. “Quiero estudiar química, me encanta porque es ciencias y fusión”, dice mientras sonríe, porque las sonrisas aquí no escasean.

    Tomás tiene muchos amigos, al caminar por los pasillos algunos lo saludan y otros lo abrazan. Uno de ellos es Gabriel, un joven de 17 años que llegó al Guilford porque tenía dificultades de comportamiento en su anterior colegio. “Acá lo que pasa es que me entienden más y me volví más juicioso”, afirma. Pero pasó más que eso. La interacción con la diversidad de estudiantes de este espacio llevó a Gabriel a pensar en una estrategia para unir su pasión: la música, con el cariño que, explica, les ha tomado a estos niños. Su proyecto de grado (todos los que están por graduarse tienen uno), consiste en una empresa de musicoterapia orientada a la regulación emocional de los niños.

    “Somos amigos con todos los chicos, disfruto este colegio. Que acá haya niños tan distintos me ha llevado a relacionarme diferente y a entender que nadie es mejor que nadie, estar en este entorno me hace valorar más las cosas. Veía niños que les pasaba algo y se enojaban o se frustraban con facilidad, y empecé a ver cómo la música puede aliviar eso”, cuenta.

    “La herramienta para lograr la adaptación y la convivencia es el respeto por sus ritmos de aprendizaje y comportamiento; evaluamos su desempeño académico y, dependiendo del resultado, flexibilizamos o adaptamos las mallas a las necesidades de los estudiantes”, dice Luz Elena Guamán, directora académica.

    Para ingresar al colegio, también es distinto a otros colegios. Julieth Pérez es colega de Lina Reinosa, ambas están al frente del proceso de admisión. Julieth describe el trabajo en el Guilford como una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que ha tenido: “Realizamos una evaluación de ingreso en la que aplicamos actividades que nos permiten conocer a los estudiantes. Además, nos concentramos es en el área emocional de los estudiantes, nuestro proyecto se basa en eso. Conocer sus habilidades, destrezas, conocemos también a sus familiares”.

    Sin embargo, el trabajo en la parte emocional es el centro de atención del equipo interdisciplinario del colegio. Daniel, de 11 años, llegó con algunas dificultades. Ahora está en 4B y asegura que la diferencia entre el Guilford y su anterior colegio es muy grande. “Me gusta estudiar acá porque es un sitio más gentil”, afirma.

    Jerónimo tiene 7 años y un coeficiente intelectual por encima de la media. Confiesa que en su anterior colegio se aburría en clase, “pero aquí puedo vivir y vivir más feliz”.

    Ahora bien, el Learning Center (el centro de apoyo terapéutico y pedagógico con el que cuenta el colegio), se ocupa de realizar un trabajo interdisciplinario en el que, además de apoyar al estudiante, se enseñan todas las rutas de atención a los niños. Según su directora, Mónica Murillo: “La clave para trabajar con estos niños está en tener capacidad de reto, pero también en entender que todos somos diferentes y que podemos estar en una sociedad y contribuir a ella”.

    Los principios de educación para todos forman parte de la filosofía del proyecto educativo del Gimnasio Campestre Guilford, lo que ha hecho que se diseñe un currículo flexible que se ajuste a las necesidades de todos los estudiantes (planes, programas, recursos, didácticas y sistemas de evaluación, entre otros).

    #Educaciónparatodos

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